Leyendo el librito de Orar con Teresa de Calcuta, se me ocurrido una cosa que querría compartir brevemente. Leo en la página 63: “Los pobres pueden ser gente maravillosa. Al acercarnos a sus cuerpos rotos, a menudo son ellos los que nos enseñan a nosotros. A veces nos dejan cara a cara con nuestra propia pobreza, con nuestras propias limitaciones y defectos, cara a cara con el conocimiento de uno mismo. El conocimiento de nosotros mismos nos hace humildes. Por eso rezamos: haznos dignos, Señor, para servir a nuestros semejantes que en todo el mundo viven y mueren de pobreza y hambre”.
Veo la foto de Madre Teresa en la portada, viejecita, pero sana, junto a una de sus monjas. Y me imagino a otras personas dedicadas, parcial o totalmente, a los más pobres. Sanas, seguramente, todas ellas. Es claro que para que unos puedan ayudar a otros, los primeros deben al menos estar más fuertes o sanos, ¿no?
Pero ¿qué impide a los pobres dejar de serlo, estando tan cerca a veces de la falta de pobreza? La realidad es tozuda, y en particular la de los pobres, los que están solos, los que están tristes. ¿Cómo cambiar esas realidades sufrientes? De lo que dice Madre Teresa se puede concluir algo: el Amor es refrescante, quita agobios, libera penas, relaja el corazón. Así es como esos pobres dejan de serlo, y si su pobreza es interior, es cuando empiezan a ver una vida más alegre. Y si es exterior, quizá es cuando empiecen a ver una esperanza y un futuro.
Bueno, pues a aprender a Amar, según lo que es cada uno. Señor, enséñanos a Amar.
jueves, 25 de junio de 2009
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