miércoles, 28 de julio de 2010

La presencia de Dios

Sentado delante del ordenador en la oficina, a petición de una amiga, rezo un padrenuestro y un avemaría, para que le salga bien una clase que tiene que dar. En un minuto ya está hecho. Dios se hace presente en mi oración, y la Virgen María. Pero, ¿es sólo en este momento en que les he dedicado un minuto? En mi día de 24 horas Dios está presente porque sí, porque Él quiere, porque nos ha creado y porque siendo nuestro padre no nos puede abandonar. Me pregunto si esa presencia es más real e intensa cuando rezo, y de esta forma, tiene un efecto en mí y en lo que me rodea diferente al del resto del día.
Miro a la izquierda en ese momento y veo un GPS que me acaban de regalar mis compañeros de trabajo, y que realmente me ha encantado y que pienso usar. Y me pregunto ¿y esto para qué vale? ¿Este cacharro me va a hacer más feliz, teniendo ahora a Dios conmigo? Y pongo a Dios en otro plano, en un plano diferente al del resto de mi vida de GPSs, ordenadores y teléfonos móviles, de coches y piscinas, de pantalones y zapatos.
Y sin embargo, de mi oración se desprende un querer grande hacia estas cosas inventadas por el hombre, pero inspiradas por Dios. Me imagino la felicidad del que inventó el primer GPS de la historia, o al menos del que concibió la idea, y la del de aquel que en medio de la montaña encuentra el sendero virtual por el que llegar a un refugio.
Quiero hacer presente a Dios en cada momento de esas 24 horas del día, porque teniéndole a Él lo quiero todo más, como Él lo quiere. Y me hace ver su bondad en las cosas que hacemos, y que empleamos en nuestro día a día, y me hace admirarlas.
Quiero entonces que mi oración no sea sólo ese minuto, pero quiero también que haya algunos minutos en medio del día en los que Dios se haga más presente, y más cercano. Yo me acerco a Él, y Él, que está siempre cerca, me susurra al oído, y me dice lo maravilloso que es todo lo que nos rodea, y que desde lo más íntimo de la materia nos recuerda a Él.